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Duele más el miedo que el golpe.

A lo largo de la vida nos enfrentamos a las circunstancias. Como individuos llegamos a buscar los máximos que podemos alcanzar, y los mínimos... más bien. Siempre estamos buscando los límites de nuestras posibilidades... pero cuando nos aproximamos a los límites entra "el miedo".
Los niños tienen miedo a caerse por eso andan y no caen.
Los niños se olvidan del miedo porque le gusta correr y brincar: las ganas de vivir los libera del miedo.
Los niños se caen mil veces pero se levantan y se vuelven a levantar.
"El hombre es el único animal que tropieza 3 veces en la misma piedra"
Porque aprende a base de afrontar el miedo y obtener nuevos estímulos.

A lo largo de la vida, el miedo se va imponiendo y perdemos esas ganas de obtener estímulos: la experiencia, de alguna forma, nos nubla el camino porque creemos que sabemos los resultados del destino y nos queremos anticipar a ellos. Al final, esto provoca que nos olvidemos de experimentar, nos olvidemos de las sensaciones del buen hacer: la prueba/error, el éxito frente a los fracasos. Al final, nos olvidamos de los sueños porque nuestra experiencia nos está diciendo que luchar por los sueños es un desgaste demasiado alto para continuar. Nos estancamos, nos entristecemos,... morimos.

Todavía queda un momento que vemos que nuestros aires se ven rejuvenidos por unas fieras que ven el mundo con otros ojos, mostrándoles nuestras experiencias, pueden intentar evolucionar llegando a ser algo mejor o diferente... la juventud está llena de potencial pero también está llena de muros, obstáculos, normas, leyes que imponen unas dificultades añadidas que con el tiempo (la experiencia) son más fáciles de soportar y de focalizar: sin importar que están ahí.

Cuando somos jóvenes esas imposiciones o circunstacias, nos frustan, nos cabrean, nos impiden y queremos romper esas cadenas. Con el poder de la repetición, de la entrega; con el poder del querer hacer, los jóvenes consiguen solventar las barreras y en muchos casos cambiar la tradición.

Desde mi punto de vista, con la juventud veíamos a los mayores como deidades que ocultaban el sol detrás de ellos. Deidades que a veces nos aportaban luz al camino y mayormente daban sombra por imposición de fronteras impuestas desde su inconsciencia.

Veo, en retrospectiva, esta sensación "de imposición". Y puedo decir que tuve profesores que aún hoy me asustan (me imponen), me cambio de acera porque lo único que me aportaron fue respecto por miedo ("terror") y sobretodo en mi interior rencor, odio y dolor. Un recuerdo que me invade y que espero que mis hijos no tengan que recordar.

Posiblemente, transfiera algo de ese corage en mis palabras y en mis acciones; siendo en algún momento una persona que divulgue lo contrario a lo que cree. Incluso que imponga normas en las que no cree.

Creo en "decir la verdad en todos los casos". Creo en afrontar la vida con naturalidad y mostrándola tal y como es... creo en el individuo, creo en el poder de los colectivos. Aunque odio los colectivos politizados porque se aproximan demasiado a la corrupción del poder político o el poder absoluto.
Creo en la incoherencia, creo en la diferencia.
Creo en lo caótico y en lo ambiguo. Creo en el prueba y error: el resultado no es tan importante.
Creo en la rútina aunque no me gusta.
Creo que me equivoco como persona. Creo que como colectivo nos equivocamos.


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