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Aditivos

Aditivos
Aditivos. Cuando pienso en aditivos pienso en la comida. Comida precocinada: comida preparada en pequeñas fábricas en la que los trabajadores visten de blanco, con guantes de lastex/goma blancos y redecilla en el pelo. También pienso en ellos como gente que está mascando chicle, de forma continuada para contar los segundos que transcurren en esa cagada de curro.
Ahora me sitúo con ese curro. Un hombre de casi unos 30 años rodeado de gente que no conoce y fundamentalmente féminas que para mi gusto le faltan un fervor y le sobran unos años. Seguramente, si tuviese que poner una mascarilla para que los germenes no fueran para los alimentos no la pondría porque "todo el tema de la higiene llevado hacia los extremos de la actualidad me parece algo exagerado. Es exagerado porque nuestro organismo está echo para soporta ciertas infecciones leves. Y, pienso, la higiene ideal no existe".
Todo esto gritado a palo seco depués de una discusión con mi jefe mal encarado que ya estaba en este curro mucho antes de que yo estuviese obligado a buscar la mierda en la que dedico ahora mis horas. En fin, la higiene es buena pero todo el mundo sabe que no siempre la gente se limpia las manos en trapos limpios después de lavarlas con jabón, sabiendo que los gérmenes se aglutinan donde hay sustancia Por ejemplo, yo sudo mucho. Y la realidad es que trabajando, en una cadena de esas, a todo trapo acabaría goteando la gota gorda, literalmente, hacia los alimentos hasta que posiblemente si pasase un inspector de sanidad tuviera que despedirme por ser un guarro. 
Al ritmo del motor que mueve las cintas transportadoras mezclado con las guillotinas de corte de la masa de las pizzas que pasan delante mía, voy pasando el tiempo e imaginando como si de un concierto se tratase.
El lunes se acaba y llega el martes, me cambian de sección porque se puso enferma Marisa, la señora que fue peluquera pero se desizo de ella porque, su cuerpo, no soportaba los productos químicos con los que lidiaba todos los días. Al final acabó callendo aquí. El miércoles seguía en el mismo lugar del martes separando los productos y evitando que la máquina se atascase y el jueves me dieron una carta, al final de la jornada, para entregarle a Marisa, ya que me quedaba de camino a mi casa y esta empresa de pacotilla no gastaba ni en sellos. Llega el viernes y sigo como vigilante de tráfico de pizzas, más aburrido que una ostra y además con los nuevos tapones que me compré para no soportar el ruido de las máquinas que aumentan sin cesar a cada día que pasa.
Esa noche llego a casa y cuando me dispongo a lavar el plato en que calenté una de las pizzas del trabajo me llama el jefe para decirme que este finde, como casi todos, tendré que trabajar 8 horas más. No porque tenga que hacer pizzas sino porque tengo que vigilar a los de las limpieza y reparación de máquinas que estarán reparando y acomodando el instrumental.
 Bueno como esas horas son tranquilas, cada pocos minutos iba para afuera a tomar un cigarro arruinándome un poco más mi salud.Al final todo lo que gané a mayores, menos mal que de esta vez me lo pagaron, lo acabé gastando en copas al salir. Llegando a casa como una nasa y pensando que a donde me llevaría esta vida solitaria sin sentido, más tarde, llorando en una cama fría.
Pero el lunes volvió a llegar. Y ya dentro de la fábrica escuché un portazo, giré la cabeza hacia arriba, hacia la oficina, en donde Marisa se estaba llendo con lágrimas en los ojos y un pañuelo  limpiando los mocos de su nariz pequeña, rosada y agrietada debido a la enfermedad de la pasada semana.

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