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Una historia


Él lucía ropa deportiva, ropa barata de esta que se encuentra en la feria por poco menos de 5€ prenda. Daba pena, pero, sin embargo, su cara desprendía serenidad y seriedad ante las circunstancias. Las circunstancias: las de siempre, era un hombre que vivía, no tenía problemas pero no escatimaba con su alimentación. Eduard estaba, como siempre, jugando con la moneda. La hacía girar una y otra vez, debería reflejarse un brillo en cada superficie pero las caras perdieran hacía tiempo su brillo; su moneda de la suerte. Una moneda de cinco céntimos que encontró haría una década. Le cambió la vida para siempre. Desde aquellas empezó a voltear-la una y otra vez.
Ese día se estaba armando un follón en una de las calles paralelas por donde paseaba. La gente empezó a juntarse y preguntarse porque había ese expectación, los bomberos todavía no llegaron pero los locales estaban allí. Había un incendio en uno de los edificios, humo en abundancia, empezaban a estirarse las llamas asomándose por una ventana oscurecida por el humo tóxico. Hubo una explosión. Los cristales de la primera planta rompieron y el fuego se extendió rápidamente. En esa planta parecía que no había nadie, pero, sin embargo, en la planta de arriba, había una chica delgada, pelo oscuro y rizo que vestía de ama de llaves con un uniforme oscuro y formal. En el pecho, en la solapa de la chaqueta tenía una placa con su nombre, se llama, Rita. Ella salió por la ventana, moviendo los brazos, estaba agitada y sobresaltada. Gritaba pero el sonido se perdía entre el ruido bruto  del incendio.
Se volvió para adentro y se apoyó contra la pared, estaba enclaustrada en el interior del comedor porque las llamas estaban subiendo por el hueco de las escaleras quemando rápidamente el falso techo del piso de abajo y las vigas de madera.
El humo le hizo toser y empezó a respirar con dificultad, se tapó la boca.
En fin, ella está angustiada y paralizada mirando para la puerta viendo como entraba el humo. Los libros habían caído de la estantería por la explosión.

Eduard escuchó la explosión y parecía como si no le importase pero él apuró el ritmo. Llegó al edificio que estaba ardiendo con fuerza y se dio cuenta de que las autoridades lo tenían precintado para que no se pusieran en peligro el gentío preocupado. Buscó una entrada, encontró un portón abierto, empezó a subir las escaleras (tenía pánico a los ascensores, se había quedado encerrado de pequeño, sólo, durante horas) hasta el trastero de ese edificio. Buscó algún acceso al tejado y encontró una ventana pequeña. Era un acceso malo, pero el único. Abrió la ventana, se asomó. Vio que tenía que salir y sujetarse a una tubería para después de un impulso llegar al tejado inclinado. Le fue fácil llegar a la tubería pero cuando estaba colgado se quedó bloqueado, tenía miedo. Cerró los ojos unos instantes y respiró profundamente. Se balanceó muy poco estirando una de las piernas para poner el pie sobre una de las tejas de la cornisa. Ya estaba en el tejado. Subió. Al final, se encontró que el otro edificio no estaba exactamente pegado. Saltó llegó al otro tejado, el tejado se desplomó, se agarró como  pudo y con un gran esfuerzo volvió a estar encima del tejado. Había una terraza. Se fue hacia la misma pero cuando se dispuso a saltar rompió el suelo. Pero, su cuerpo en vez de caer hacia abajo se deslizó de morros hacia la terraza y partió los dientes estaba sangrando mucho e inconsciente. Después de cinco minutos tubo un par de tembleques e intentó mover la mano hacia el bolsillo. Arrastró la mano ayudándose de los dedos contra el suelo. Tenía ya la moneda pero no tenía manera de lanzar-la y recogerla si no se daba la vuelta. Intentó girarse por el suelo, no dio. Se balanceó un poco. Nada, lo volvió a intentar de esta vez dio media vuelta y el resto fue pan comido. Después de lanzar la moneda, los dientes y el resto de sus huesos rotos crujían y empezaron a recolocarse y   curarse. En un momento, los dientes se fueron al lugar de donde provenían y la sangre que había perdido entró por donde salió. Se ayudó de las manos y se levantó. Intentó abrir la puerta. Luego cogió carrerilla y se lanzó contra la puerta el pasador no cedió. Probó de nuevo, otro fracaso. Después de unas diez veces y por última vez, cogió más carrerilla y fue a la carga contra la puerta. Rompió el cierre. Bajó las escaleras, décimo piso, noveno, octavo,..., tercer piso, cada vez había más humo, segundo, las llamas se veían y hacía mucho calor. Pensó en agua, cogió la moneda... empezó a caer agua sobre él en grandes cantidades. Cargó sobre la puerta y rompió. Le fue fácil. Buscó, la habitación estaba desordenada. Buscó en la siguiente. Continuó por el pasillo pero el humo le impedía ver más allá. Cerró los ojos y continuó. Al final del pasillo estaba la habitación en la que estaba Rita.
Recogió a Rita. Regresó por donde vino y de un salto descendió a la calle si hacer ruido y sin verlo nadie. La dejó con cuidado en la acera, estaba marchando cuando oyó otro grito...

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