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Larga espera

Un día de otoño. Un pueblo pequeño. Un bar grande con suelo, barra, sillas, mesas de madera. Cuando entraba me quedé mirando, pasan unos segundos; y antes de sentarme miro para la silla, se notaba que habían pasado muchas personas por ahí. La silla ya no tenía varnid y la madera era grisácea.
Pedí un café solo y un vaso de agua. Me puse a leer un periódico que estaba encima de la mesa.
Después de ojear el periódico y sin tomar el café, ya estaba pidiendo otro.
Lo tomé, estaba bueno y sorbí un poco de agua.
El camarero después de darme el otro café, se fue a la barra aparentando que limpiaba. El bar estaba impecable y vacío. El camarero era joven, poco más de veinte años. Pensé: "Se nota la impaciencia de la gente joven cuando no hay un alma en el local y...
Seguí esperando, esa espera era como mi vida: Se hacía eterna pero no quería que llegase el fin.
Empecé a tomar el segundo café, estaba todavía caliente. Esperé otro rato y bebí un sorbo más.
Acabé de leer el periódico y me quedé mirando para los cuadros del fondo.
Estaba impaciente.
Poco después, el camarero se decidió poner música con gusto, me quedé absorto. Las figuras del interior de los cuadros cobraron vida y a la cafetería empezó a entrar gente. Después de que dieran las nueve y media llego aquella chica colorada y guapa, cambiándose ahí mismo, delante de todo el mundo. Nadie miraba. Fue rápida.
Seguía esperando. Me levanté y fui a coger otro periódico. Me quedé un rato en la barra mirando para las bebidas para encontrar algo que me interesara, en ese momento que acordé: me encanta el refresco de manzana. Le pedí a la camarera que me pusiese ese refresco en la mesa, ella se fue a por él sin decir palabra. Le di las gracias y volví a mi mesa. La silla todavía estaba caliente.
Vi el perchero, me levanté enseguida, retiré mi abrigo marrón para dejar sitio para cuando llegase mi amigo.
Miré para la camarera, que ya estaba en la barra, hacia los ojos como agradecimiento al rápido servicio que me prestó. Sonrrió. Sonrreí.
El tiempo pasaba..


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